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miércoles, 21 de marzo de 2012

Internet libre, libre, libre. Por Jorge Ramos

Estamos mal acostumbrados a ser totalmente libres en la internet, a decir lo que queramos sin consecuencias, a conseguir gratuitamente cualquier información, a bajar videos y canciones sin costo, a que no haya censura y a destruir en Twitter y Facebook la reputación de cualquiera que proponga restricciones cibernéticas. Pero hay notables esfuerzos de gobiernos y autoridades en todo el mundo para tratar de restringir nuestra libertad internetiana.

Las rebeliones en Túnez, Egipto, Libia y Siria han sido posibles gracias al poder multiplicador de Twitter.

Un grito de protesta se convierte en millones con un clic del celular. Hace cinco años había el mismo descontento en esos países pero no había Twitter.

Las protestas estudiantiles en Chile, los indignados de España, y los manifestantes por la paz en México tienen en la internet su principal aliado. Ya no hay un Pinochet, un Franco o un PRI que censure, detenga y mate por decir en voz alta lo que se dice en la cama y en la cocina.

Las redes sociales le han dado un medio de comunicación a cada ciudadano. Esto es nuevo y bienvenido. Los cantantes, escritores y políticos que tanto decían saber lo que quería la gente ya no tienen especular e inventar; basta con que lean en su laptop lo que dicen de ellos –incluyendo los insultos más burdos y los chismes más disparatados– en tiempo real sus fans, lectores y gobernados.

Pero nos equivocamos al creer que la internet es totalmente libre. De hecho, es más libre en algunos países que en otros. Traten de hablar, por ejemplo, de la represión en el Tíbet y verán como el gobierno chino bloquea esos mensajes en mandarín y cantonés. Los comentarios anticastristas de la valiente periodista Yoani Sánchez son tolerados en Cuba debido a que muy pocos cubanos pueden leer su blog y sus tweets dentro de la censurada isla. Y la dictadura siria está bloqueando los videos de su represión contra opositores en la que ya se llama “la primera guerra por youtube”.

En Arabia Saudita está en la cárcel un periodista de 23 años, Hamza Kashgari, por escribir cuatro tweets dirigidos al profeta Mahoma. En uno dice: “He amado tu rebeldía”. En otro: “No me gustan los halos de divinidad en torno a ti. No debería rezar por ti”. Por eso Kashgari fue arrestado, mientras trataba de escapar vía Malasia, y enfrenta la pena de muerte en la horca por “blasfemia”. Hay una campaña mundial para salvar su vida.

En Alemania está prohibido publicar por cualquier medio de información que defienda o promueva el movimiento nazi. Muchos países castigan fuertemente cualquier tipo de pornografía infantil cibernética y hay constantes presiones gubernamentales para evitar que sitios de internet se conviertan en prostíbulos virtuales. Y tanto el Congreso de Estados Unidos como el de México han considerado nuevas leyes contra la piratería cibernética.

En Corea del Sur acaban de acusar formalmente a un activista de 23 años de edad por retwitear varios mensajes del gobierno comunista del Corea del Norte. Lo que para él fue un caso de “sarcasmo” y de libertad de expresión, el gobierno surcoreano lo consideró como difusión de propaganda enemiga. Y ni se les ocurra hablar mal del rey de Tailandia.

Acabo de pasar unos días en Bangkok y hay fotografías del rey Bhumibol Adeulyadej por todos lados. Sorprende, sin embargo, que nadie critica al rey en Tailandia a pesar de haber estado en el poder 65 de sus 84 años de edad. Insultar al rey significa cárcel. Esa es la ley dentro y fuera de las redes sociales.

La realidad es que Twitter, Facebook, Google y YouTube, entre otras empresas, prohíben mensajes e información catalogada como “ilegal” por distintos gobiernos. Twitter, en un esfuerzo por ser más transparente que otras compañías, tiene una nueva política en que avisa cuando borran un comentario (reemplazándolo por un mensaje que diga Tweet Withheld).

Pero si esta política de censura de Twitter se hubiera impuesto antes de la primavera árabe, no estoy tan seguro que el dictador Hosni Mubarak estaría ahora en una cárcel en Egipto y Moammar Kadafi muerto. Twitter puede tumbar dictadores y monarquías y por eso a sus regímenes les interesa restringirlo.

La tecnología es neutral. La energía atómica puede generar electricidad en millones de casas o destruir las ciudades de Hiroshima y Nagasaki. Todo depende de cómo se use. Lo mismo ocurre con la internet. La gran diferencia es que el uso de las armas y tecnología nuclear sigue en manos de los gobiernos mientras que las redes sociales están ya por todos lados y da la impresión que nadie las controla.

La idea de una internet absolutamente libre es muy atractiva y hasta revolucionaria. Estoy a favor de limitaciones mínimas; para proteger a niños de la pornografía, evitar el tráfico de seres humanos y proteger el trabajo intelectual y artístico. Pero me preocupan mucho los nuevos esfuerzos por limitar políticamente la internet y las redes sociales. Las democracias del futuro dependen de un flujo libre de información y de un debate totalmente abierto.

¿Internet libre, libre, libre? Sí, sí, sí.





Fuente: ElNuevoHerald.com
Autor: Jorge Ramos Ávalos (México, 1958-) es un periodista, que trabaja como conductor de Noticiero Univisión (1985-). Es uno de los más importantes periodistas de la industria mediática hispanófona en los Estados Unidos.
Cuando la cadena de televisión más grande de México, Televisa, censuró su primer reportaje, decidió emigrar al norte. Ha publicado nueve libros: Detrás de la Máscara, Lo Que Vi, La Otra Cara de América, A la Caza del León, Atravesando Fronteras, La Ola Latina, Morir en el Intento, El Regalo del Tiempo y Me Parezco Tanto A Mi Papá - Me Parezco Tanto A Mi Mamá.







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viernes, 3 de diciembre de 2010

Hacktivismo. Por Miguel Á. Bastenier

El hacktivismo o actividad de los hackers para informar al público de todo aquello que los Gobiernos no quieren que se sepa, se está convirtiendo en el movimiento contracultural del siglo XXI. No es tanto que vuelvan los años sesenta, como que una forma de sentir las relaciones del ciudadano con la cosa pública de raíz profundamente anglosajona, ha encontrado en las nuevas tecnologías su forma de expresión. En el fenómeno creado por la oleada de revelaciones del movimiento Wikileaks, que dirige el escurridizo australiano Julian Assange -primero sobre las guerras de Afganistán e Irak, y esta semana sobre la diplomacia planetaria de EE UU- hay que distinguir dos realidades: el material informativo en sí mismo, y la propiedad política y moral de esa exposición.

Es perfectamente comprensible que el departamento de Estado norteamericano haya puesto el grito en el cielo y que su titular, Hillary Clinton, dijera que así no hay forma de conducir una política exterior. La contradicción reside en que los intereses de su Gobierno -de cualquier Gobierno- no coinciden con los de la opinión universal, que siempre tiene derecho a saber, igual que los medios -entre ellos este periódico- lo tienen de proceder a la publicación haciendo el expurgo de lo que pudiera afectar a la seguridad de Estados o personas. Las revelaciones se dividen a su vez en lo que es una grosera e indecente interferencia -que a nadie debe sorprender- en los asuntos de otro país, como han sido en España las presiones sobre jueces, empresarios y políticos, y la frecuente caracterización peyorativa de los personajes con los que esa diplomacia ha de tratar, lo que aún menos debería llamar la atención. El jefe de Gobierno ruso Putin y su presidente Medvédev, vistos como Batman y Robin, y el primero como el macho alfa de su tribu son hasta pequeñas trouvailles para la historia del sarcasmo universal. Y en medio de todo ello, que el presidente español, José Luis Rodríguez Zapatero, le parezca a un funcionario norteamericano, la mayor parte de cuya vida ha transcurrido dentro de los límites del más puro neoliberalismo, "un izquierdista trasnochado", además de inevitable resulta hasta medio elogioso. Lo que no se sabía, se adivinaba, aunque hoy suene deplorable al conocerlo verbatim.

Pero ¿cuál es la plataforma de pensamiento sobre la que opera Wikileaks? Assange dio a conocer ya en los años noventa su credo de sumo sacerdote del hacktivismo: libre acceso a la información, que pertenece enteramente al dominio público; desconfianza profunda de toda autoridad constituida, y defensa de una descentralización extrema en la conducción de los asuntos políticos. Es decir, anglosajonismo en estado puro. Cuando la policía británica aparece sin armas vestida de azul, no es porque se confíe en la humanidad intrínseca de la delincuencia local, sino porque se recelaría del comportamiento de esa autoridad dotada de tan agresivos medios de coacción. De igual forma, recorre transversalmente la política norteamericana una corriente ácrata, de origen protestante puritano, lejanamente basada en el libre examen de la Biblia, furibundamente reivindicadora de los derechos individuales, que se expresa con frecuencia al nivel de poder más próximo al ciudadano como es la administración local. A diferencia del anarquismo español o italiano de los años veinte y treinta del siglo pasado, que llegaba a ser violentamente revolucionario, este sentimiento se ancla muy cómodamente en la derecha. Una de las personalidades más visibles del movimiento del Tea Party, Ron Paul, es un anarquista conservador, aislacionista en política internacional y partidario de la cuasi desaparición del Estado. Por ello, Assange, cualquiera que sea su religión o ideología -si las tiene-, no es un hacktivista de derecha o de izquierda, sino un ciudadano en rebelión contra las instituciones.

Esa cualidad de guerrillero o francotirador informático no excluye, sin embargo, que el fundador de Wikileaks haya tomado considerables precauciones por si alguna de las agencias norteamericanas ofendidas por lo que se ha publicado -y lo que falta aún por publicar- decide tomarse la justicia por su mano. Y para ello ha dejado debidamente codificado un paquete de nuevas revelaciones de 1,4 gigabites, equivalente a varias veces el volumen de los 250.000 documentos del Departamento de Estado, que está preparado para su detonación si llegara el momento. Tenemos Wikileaks, con o sin Julian Assange, para rato.




Fuente: ElPais.com
Autor: Miguel Á. Bastenier, licenciado en Historia y Derecho de la Universidad de Barcelona y en Lengua y Literatura inglesa de la Universidad de Cambridge. Graduado en periodismo de la Escuela Oficial de Madrid y experto en temas de política internacional. Actualmente es el subdirector de Relaciones Internacionales del diario El País de España, donde trabaja desde 1982, así como es profesor de la maestría de Reporterismo y Géneros Periodísticos en la Escuela de Periodismo del diario español, fundada en 1988. E investigador y Maestro Consejero de la Fundación Nuevo Periodismo Iberoamericano. Ha publicado numerosos artículos en la prensa europea (Libération, Le Monde, The European, Le Point, Le Soir, The Irish Times) y en la mayoría de los periódicos más importantes de América Latina: El Espectador y Semana (Colombia), Folha de Sao Paulo (Brasil), Público (México), Búsqueda (Uruguay) entre otros. En 2001 publicó El Blanco Móvil (Editorial Aguilar-El País 2001), en 1999 publicó La Guerra de Siempre (Editorial Península), en 2002 Israel-Palestina: La Casa de la Guerra, y en 2010 ‘Cómo escribir un periódico’. También ha dirigido varios libros colectivos, entre ellos Grandes Protagonistas del siglo XX (2000).
Fotografia: TIME magazine cover, Dec 13, 2010





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miércoles, 22 de octubre de 2008

Clasificación mundial de la libertad de prensa. Reporteros sin Fronteras 2008

En el mundo de después del 11 de septiembre solo la paz protege las libertades

No es la prosperidad económica, sino la paz, que garantiza la libertad de prensa. Esta es la principal enseñanza que puede sacarse de la clasificación mundial de la libertad de prensa, elaborada como todos los años por Reporteros sin Fronteras y cuya edición 2008 se hace pública el 22 de octubre. La otra conclusión que puede extraerse de esta lista (ver listado en pdf), en la que una vez más ocupa los últimos puestos el “trío infernal” Turkmenistán (171), Corea del Norte (172) y Eritrea (173), es que el comportamiento de la comunidad internacional con regímenes autoritarios como Cuba (169) o China (167) no es lo suficientemente eficaz como para dar resultados.

“El mundo de después del 11 de septiembre ahora ya ha quedado claramente definido. Las grandes democracias están desestabilizadas y a la defensiva, royendo poco a poco el espacio de las libertades. Las dictaduras más poderosas económicamente reivindican su autoritarismo con arrogancia, aprovechando las divisiones en la comunidad internacional y los estragos de las guerras que se hacen en nombre de la lucha contra el terrorismo. Los tabúes religiosos y políticos cada año se imponen más en países que antes avanzaban por el camino de la libertad”, ha declarado Reporteros sin Fronteras.

“En este contexto, continúa con la más absoluta impunidad el amordazamiento generalizado en los países cerrados del mundo, dirigidos por los peores predadores de la libertad de prensa, a medida que las organizaciones internacionales, como la ONU, pierden toda autoridad sobre sus miembros. Esa deriva mundial da un mayor relieve a los pequeños países económicamente débiles que, a pesar de todo, garantizan a su población el derecho a no pensar lo mismo que el gobierno, y decirlo públicamente”, ha añadido la organización.

Guerra y paz

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La lista elaborada, del período que va del 1 de septiembre de 2007 al 1 de septiembre de 2008, no solo pone en evidencia el preeminente lugar que ocupan los países europeos (los 20 primeros puestos los ocupan países del espacio europeo, con excepción de Nueva Zelanda y Canadá), sino igualmente el muy honorable puesto de algunos países de América Central y el Caribe. En efecto, los lugares 21 y 22, Jamaica y Costa Rica, están junto Hungría (23), y a poca distancia por delante de Surinam (26) o Trinidad y Tobago (27). Estos pequeños países caribeños se clasifican mejor que Francia (35), que una vez más retrocede este año perdiendo cuatro puestos, o que España (36) e Italia (44), dos países siempre bajo los nubarrones de la violencia mafiosa o política. A Namibia (23), un gran país pacífico de Africa Austral que este año se coloca a la cabeza de los países africanos, por delante de Ghana (31), solo le falta un punto para situarse en el pelotón de los veinte países mejor clasificados.

Lo que tienen en común los países del pelotón de cabeza, con inmensas disparidades económicas (la ratio entre el PIB por habitante de Islandia y Jamaica es de 1 a 10), es que están gobernados por un sistema democrático parlamentario. Y, sobre todo, que no están comprometidos en una guerra.

Pero ese no es el caso de Estados Unidos (puesto número 36 en territorio norteamericano, 119 fuera del territorio norteamericano) e Israel (46 en territorio israelí, 149 fuera de su territorio) donde, por primera vez desde 2003, los disparos del ejército mataron a un periodista palestino. La reanudación de la lucha armada ha afectado también a Georgia (120) o Níger, que desciende considerablemente (del puesto 95 en 2007 al 130 en 2008). Estos países, que sin embargo disponen de un sistema político democrático, están inmersos en conflictos de “baja” o “alta intensidad”. Por eso han expuesto al peligro de los combates, o entregado a la represión, a las presas fáciles que son los periodistas. La reciente libertad provisional de Moussa Kaka, corresponsal de RFI y Reporteros sin Fronteras en Niamey, después de pasar 384 días en la cárcel, o de Sami Al-Haj, liberado del infierno de Guantánamo tras seis años de internamiento, ha venido a recordar que las guerras machacan las vidas pero también, con mucha frecuencia, las libertades.

Bajo el fuego de beligerantes o de un Estado omnipresente

A falta de solucionar sus graves problemas políticos, los países comprometidos en conflictos de gran violencia como Irak (158), Pakistán (152), Afganistán (156) o Somalia (153), siguen siendo las “zonas negras” de la prensa. Asesinatos, secuestros, detenciones arbitrarias y amenazas de muerte forman parte del lote diario de los periodistas quienes, además de verse atrapados en el fuego de los beligerantes con frecuencia son acusados de tomar partido. Cualquier excusa es buena para desembarazarse de los “molestos” o “espías”, como ha ocurrido en los Territorios Palestinos (163), especialmente en Gaza, donde la situación se ha deteriorado considerablemente desde que Hamas tomó el poder. Al mismo tiempo, en Sri Lanka (165), donde sin embargo hay un gobierno elegido, la prensa tiene que enfrentarse a una violencia que con demasiada frecuencia está organizada por el Estado.

Esencialmente, los países de cola son dictaduras más o menos disfrazadas, donde algunos disidentes o periodistas reformistas consiguen abrir fisuras en el lastre en que se ven obligados a vivir. En efecto, el año olímpico en China (167) ha sido el del encarcelamiento de Hu Jia y muchos otros disidentes o periodistas, pero también una ocasión para dar algunos argumentos suplementarios a esos medios liberales que poco a poco se esfuerzan en franquear el control policial impuesto a los ciudadanos de la nueva potencia asiática. Ser periodista en Pekín o en Shanghai - y también en Irán (166), Uzbekistán (162) o Zimbabwe (151) - sigue siendo un ejercicio de alto riesgo, fuente de muchas frustraciones y de un acoso judicial permanente. Desde hace muchos años, en esa Birmania (170) que dirige una Junta xenófoba e inflexible, a los periodistas e intelectuales, incluso extranjeros, se les ve como enemigos de la Junta en el poder, y pagan por ello.

Los “infiernos inmóviles”

En el Túnez de Zine el-Abidine Ben Alí (143), la Libia de Muamar El Gadafi (160), la Bielorrusia de Alexandre Lukachenko (154), la Siria de Bachar el-Assad (159) o la Guinea Ecuatorial de Teodoro Obiang Nguema (156), la omnipresencia del retrato del Jefe del Estado en las calles, y en las portadas de los periódicos, debería bastar para convencer a los escépticos de la falta de libertad de prensa. Otras dictaduras no practican el culto a la personalidad, pero el horror es el mismo. Así, en Laos (164) o Arabia Saudita (161), no es posible nada que no esté en la línea de las autoridades.

Finalmente, Corea del Norte y Turkmenistán continúan siendo esos “infiernos inmóviles” donde se mantiene a la población cortada del resto del mundo, bajo el peso de una propaganda de otros tiempos. Mientras que en Eritrea (173), que cierra la marcha por segundo año consecutivo, el presidente Issaías Afeworki y su pequeño clan de nacionalistas paranoicos siguen gestionando el país más joven de Africa como una inmensa colonia penitenciaria a cielo abierto.

La comunidad internacional, y especialmente la Unión Europea, repite a porfía que la única solución sigue siendo “el diálogo”. Manifiestamente sin mucho éxito ; hasta el punto de que los gobiernos autoritarios podrán seguir ignorando sus recriminaciones sin arriesgarse a nada más que el descontento, sin consecuencias, de unos pocos diplomáticos.

Los peligros de la corrupción y los odios políticos

La otra enfermedad que corroe a las democracias, y les hace perder terreno en esta clasificación, es la corrupción. El mal ejemplo de Bulgaria (59), siempre farolillo rojo de Europa, recuerda que el sufragio universal, el pluralismo de los medios de comunicación y unas cuantas garantías constitucionales, no son criterio suficiente para hablar válidamente de libertad de prensa. Hace falta también que el clima sea favorable a la circulación de la información y a la expresión de opiniones. Las tensiones sociales y políticas en Perú (108) o Kenya (97), la politización de los medios, como ocurre en Magadascar (94) o Bolivia (115), y también la violencia que padecen los periodistas de investigación en Brasil (82), son ejemplos de ese veneno que gangrena las democracias emergentes. Y es un hecho que quienes infringen la ley para enriquecerse y castigan a los periodistas “demasiado curiosos” amparados en la mayor impunidad, son una plaga que mantiene a varios “grandes países” en posiciones vergonzosas (Nigeria ocupa el puesto 131, México el 140 e India el 118).

Y, además, es que algunos de esos pretendidos “grandes países” se comportan deliberadamente de forma brutal, injusta o simplemente preocupante. Como Venezuela (113), donde la personalidad y los ucases del presidente Hugo Chávez resultan a veces avasalladores, la Rusia del dúo Putin-Medvedev (141) exige un control estricto de los medios, tanto públicos como de la oposición. Igual que Anna Politkovskaya, todos los años hay periodistas que caen frente a los disparos de “desconocidos”, que con frecuencia están muy próximos a los servicios de seguridad dirigidos por el Kremlin.

Resistencia de los tabúes

En el “vientre blandengue” de la clasificación se encuentran también países que oscilan entre represión y liberalización, donde los tabúes continúan siendo inviolables o existen leyes de prensa que pertenecen a otros tiempos. Así por ejemplo en Gabón (110), Camerún (129), Marruecos (122), Omán (123), Camboya (126), Jordania (128) o Malasia (132), está absolutamente prohibido hablar de la persona presidencial o real, su entorno y sus eventuales infamias. Legislaciones liberticidas en Senegal (86) o Argelia (121) envían frecuentemente a periodistas a la cárcel, violando las normas democráticas recomendadas por la ONU.

También la represión de Internet es un factor revelador de esos tenaces tabúes. En Egipto (146), unas manifestaciones convocadas desde Internet agitaron la capital e inquietaron al gobierno, que ahora considera que cada internauta es un peligro potencial para el país. El uso del filtrado cada año es mayor, y los Estados más represivos no dudan en encarcelar a los bloggers. Si China continua encabezando el palmarés de los “agujeros negros de la Web”, con un considerable despliegue de medios técnicos para controlar a los internautas, Siria (159) se ha convertido en campeona regional de la ciberrepresión. Allí la vigilancia es tan intensa que tras publicar la menor crítica, la detención es solo cuestión de tiempo.

Tan solo unos pocos países han hecho progresos. Así, Líbano (66) se ha hecho con un puesto lógico tras el fin de los atentados de los últimos años, dirigidos a periodistas influyentes ; mientras que Haití (73) continúa su lenta remontada, lo mismo que Argentina (68) y las Maldivas (104). En cambio, se ha atascado la transición democrática en Mauritania (105), impidiendo que el país continúe su progreso. Mientras que en Tchad (133) y Sudán (135), los escasos logros de los últimos años se han visto barridos por la instauración, de un día para otro, de la censura.

Fuente: Reporteros sin Frontera RSF
Infograma: RTVE.es

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