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miércoles, 21 de marzo de 2012

Internet libre, libre, libre. Por Jorge Ramos

Estamos mal acostumbrados a ser totalmente libres en la internet, a decir lo que queramos sin consecuencias, a conseguir gratuitamente cualquier información, a bajar videos y canciones sin costo, a que no haya censura y a destruir en Twitter y Facebook la reputación de cualquiera que proponga restricciones cibernéticas. Pero hay notables esfuerzos de gobiernos y autoridades en todo el mundo para tratar de restringir nuestra libertad internetiana.

Las rebeliones en Túnez, Egipto, Libia y Siria han sido posibles gracias al poder multiplicador de Twitter.

Un grito de protesta se convierte en millones con un clic del celular. Hace cinco años había el mismo descontento en esos países pero no había Twitter.

Las protestas estudiantiles en Chile, los indignados de España, y los manifestantes por la paz en México tienen en la internet su principal aliado. Ya no hay un Pinochet, un Franco o un PRI que censure, detenga y mate por decir en voz alta lo que se dice en la cama y en la cocina.

Las redes sociales le han dado un medio de comunicación a cada ciudadano. Esto es nuevo y bienvenido. Los cantantes, escritores y políticos que tanto decían saber lo que quería la gente ya no tienen especular e inventar; basta con que lean en su laptop lo que dicen de ellos –incluyendo los insultos más burdos y los chismes más disparatados– en tiempo real sus fans, lectores y gobernados.

Pero nos equivocamos al creer que la internet es totalmente libre. De hecho, es más libre en algunos países que en otros. Traten de hablar, por ejemplo, de la represión en el Tíbet y verán como el gobierno chino bloquea esos mensajes en mandarín y cantonés. Los comentarios anticastristas de la valiente periodista Yoani Sánchez son tolerados en Cuba debido a que muy pocos cubanos pueden leer su blog y sus tweets dentro de la censurada isla. Y la dictadura siria está bloqueando los videos de su represión contra opositores en la que ya se llama “la primera guerra por youtube”.

En Arabia Saudita está en la cárcel un periodista de 23 años, Hamza Kashgari, por escribir cuatro tweets dirigidos al profeta Mahoma. En uno dice: “He amado tu rebeldía”. En otro: “No me gustan los halos de divinidad en torno a ti. No debería rezar por ti”. Por eso Kashgari fue arrestado, mientras trataba de escapar vía Malasia, y enfrenta la pena de muerte en la horca por “blasfemia”. Hay una campaña mundial para salvar su vida.

En Alemania está prohibido publicar por cualquier medio de información que defienda o promueva el movimiento nazi. Muchos países castigan fuertemente cualquier tipo de pornografía infantil cibernética y hay constantes presiones gubernamentales para evitar que sitios de internet se conviertan en prostíbulos virtuales. Y tanto el Congreso de Estados Unidos como el de México han considerado nuevas leyes contra la piratería cibernética.

En Corea del Sur acaban de acusar formalmente a un activista de 23 años de edad por retwitear varios mensajes del gobierno comunista del Corea del Norte. Lo que para él fue un caso de “sarcasmo” y de libertad de expresión, el gobierno surcoreano lo consideró como difusión de propaganda enemiga. Y ni se les ocurra hablar mal del rey de Tailandia.

Acabo de pasar unos días en Bangkok y hay fotografías del rey Bhumibol Adeulyadej por todos lados. Sorprende, sin embargo, que nadie critica al rey en Tailandia a pesar de haber estado en el poder 65 de sus 84 años de edad. Insultar al rey significa cárcel. Esa es la ley dentro y fuera de las redes sociales.

La realidad es que Twitter, Facebook, Google y YouTube, entre otras empresas, prohíben mensajes e información catalogada como “ilegal” por distintos gobiernos. Twitter, en un esfuerzo por ser más transparente que otras compañías, tiene una nueva política en que avisa cuando borran un comentario (reemplazándolo por un mensaje que diga Tweet Withheld).

Pero si esta política de censura de Twitter se hubiera impuesto antes de la primavera árabe, no estoy tan seguro que el dictador Hosni Mubarak estaría ahora en una cárcel en Egipto y Moammar Kadafi muerto. Twitter puede tumbar dictadores y monarquías y por eso a sus regímenes les interesa restringirlo.

La tecnología es neutral. La energía atómica puede generar electricidad en millones de casas o destruir las ciudades de Hiroshima y Nagasaki. Todo depende de cómo se use. Lo mismo ocurre con la internet. La gran diferencia es que el uso de las armas y tecnología nuclear sigue en manos de los gobiernos mientras que las redes sociales están ya por todos lados y da la impresión que nadie las controla.

La idea de una internet absolutamente libre es muy atractiva y hasta revolucionaria. Estoy a favor de limitaciones mínimas; para proteger a niños de la pornografía, evitar el tráfico de seres humanos y proteger el trabajo intelectual y artístico. Pero me preocupan mucho los nuevos esfuerzos por limitar políticamente la internet y las redes sociales. Las democracias del futuro dependen de un flujo libre de información y de un debate totalmente abierto.

¿Internet libre, libre, libre? Sí, sí, sí.





Fuente: ElNuevoHerald.com
Autor: Jorge Ramos Ávalos (México, 1958-) es un periodista, que trabaja como conductor de Noticiero Univisión (1985-). Es uno de los más importantes periodistas de la industria mediática hispanófona en los Estados Unidos.
Cuando la cadena de televisión más grande de México, Televisa, censuró su primer reportaje, decidió emigrar al norte. Ha publicado nueve libros: Detrás de la Máscara, Lo Que Vi, La Otra Cara de América, A la Caza del León, Atravesando Fronteras, La Ola Latina, Morir en el Intento, El Regalo del Tiempo y Me Parezco Tanto A Mi Papá - Me Parezco Tanto A Mi Mamá.







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lunes, 15 de agosto de 2011

El derecho a denigrar una religión

¿Las críticas a un credo, llevan implícita la discriminación de sus creyentes? - Pese al riesgo populista, manda la libertad de expresión
En el año 2004, un imán aseguró en Holanda que la homosexualidad es una enfermedad infecciosa. Sin más dilación, acabó ante la justicia acusado de discriminación. Los jueces, sin embargo, resolvieron que hablaba en nombre de sus creencias religiosas y le absolvieron. En aquella ocasión, la libertad de credo fue más relevante que el supuesto trato de inferioridad dado a un colectivo en particular. Y a la falsedad de la afirmación.

Hace unas semanas, otros magistrados decidieron que puede insultarse una religión sin incurrir en delito. Esta vez, el credo era el islam y el que lo ultrajó, Geert Wilders, antiguo liberal convertido en líder de la derecha xenófoba nacional. El tribunal convino que él hablaba desde su condición de político y en el marco de una discusión pública sobre la sociedad multicultural. Aunque había sido "un grosero" y algunas de sus ideas "podrían incitar al odio contra los musulmanes", hacía uso de su libertad de expresión. Como el predicador musulmán de hace casi una década, Wilders fue exonerado del cargo de discriminación. La sentencia también levantó la acusación de incitación al odio.

En su momento, el asunto del imán homófobo avivó la controversia sobre la pérdida de valores, el respeto y la igualdad en una sociedad democrática. Pero la libertad religiosa está amparada por la Constitución en la pequeña, rica y estable Holanda. Así que el eco del fallo judicial acabó diluyéndose. Con Wilders, la reacción ha sido distinta. Para ser exactos, el proceso en su contra ha generado un intenso debate sobre la presencia del islam en las sociedades occidentales que trasciende el ámbito nacional. En 2006, la crisis provocada por las 12 caricaturas de Mahoma publicadas en el rotativo danés Jyllands Posten puso un alto precio a la libertad de expresión. El vigente caso holandés plantea, a su vez, la incógnita sobre el tipo de relación -de contrato social, si se quiere- que debe regir hoy en una Europa donde los ciudadanos musulmanes van camino de la tercera generación.

Desde luego, el líder populista holandés salió exultante de los juzgados de Ámsterdam el pasado junio. Convencido como está de decir "solo la verdad" cuando califica la religión musulmana de "violenta y retrógrada". Su victoria legal reforzó su doble perfil. De un lado, aparece como el abanderado del liberalismo laico que es una de las versiones más reconocibles de la identidad nacional holandesa. Del otro, es el único político capaz de pedir el cierre de fronteras a los inmigrantes musulmanes y de negar la existencia de un islam moderado. "Pero no debemos equivocarnos. En Holanda no está creciendo un populismo antiislámico", dice Hans Jansen, reconocido arabista holandés y testigo en el proceso contra Wilders.

Autor de libros como Islam para cerdos, monos, asnos y otros animales (en alusión a Enlacelos apelativos usados por dicha religión para referirse a los no creyentes), Jansen asegura que muchos musulmanes critican su religión. "Unos pocos, incluso, han hecho declaración de apostasía". La exdiputada holandesa de origen somalí Ayaan Hirsi Ali, hoy exiliada en Estados Unidos, es la más famosa.

"En una sociedad libre, las críticas a las religiones y sus preceptos son un derecho inalienable garantizado por la Declaración Universal de Derechos Humanos. Lo que ocurre es que el islam y las normas de conducta que impone, entre ellas, la sharia, son ahora contestadas pública y libremente. Eso es algo corriente en el cristianismo, el judaísmo o el protestantismo, casos en los que no se habla de populismo. En el islam, la crítica está prohibida y es castigada con dureza. Es normal que los inmigrantes musulmanes estén asombrados y ofendidos por la expresión de libertad religiosa occidental. Pero en el mundo libre no es delito decir que la Biblia, o bien el Corán, no son la palabra de Dios", afirma el arabista holandés.

A pesar de que Wilders diferencia entre islam y musulmanes en sus críticas, y gracias a ello ha podido eludir la condena, los grupos antirracistas y de inmigrantes que le llevaron a los tribunales se sienten desprotegidos. Su abogada, Ties Prakken, piensa acudir a la Comisión de Derechos Humanos de la ONU porque considera que el político "ha envenenado el ambiente" escorándolo hacia la islamofobia.

Hans Jansen piensa lo contrario. "El juicio fue una prueba para la libertad de expresión. Si llegan a declarar culpable a Wilders tendríamos que haber retirado de las bibliotecas montones de libros con sus mismos argumentos. Lo que la vanguardia política musulmana llama islamofobia no es sino una crítica a los preceptos religiosos. ¿Acaso denominamos papafobia a las críticas contra la doctrina católica sobre los anticonceptivos?", pregunta.

Varios de sus estudiosos colegas son algo más cautos. Ineke van der Valk, experta en ciencias sociales que colaboró con la Fundación Ana Frank y que prepara un libro sobre islamofobia, enmarca el caso holandés dentro del mapa europeo. "No estamos aislados en esta tendencia. Escandinavia, Francia, Austria y Bélgica, entre otros países, viran hacia la extrema derecha y ponen el acento sobre el islam. En Holanda, el debate cultural no parece haber progresado. Este era un lugar abierto a la igualdad, pero acuerdos como el del actual Gobierno [donde liberales y democristianos, que consideran el islam una religión, son apoyados por el Partido de la Libertad, de Geert Wilders, que lo llama ideología] legitiman en cierta forma la islamofobia del líder populista".
"Antes, los partidos políticos se centraban en los valores que podían dar ejemplo", continúa. "Hoy ceden al pragmatismo para no perder votos. Con todo, no soy pesimista. Lo importante es que se vea la diversidad social, también entre los inmigrantes", asegura Van der Valk.

A Peter Rodrigues, catedrático de Derecho de la Inmigración en la Universidad de Leiden, le parece que los cambios experimentados en la última década se notan en la sentencia absolutoria. "La protección contra la discriminación se rige por convenios europeos. La libertad de expresión, por amplia que sea, no debe chocar con nuestras obligaciones legales. Los jueces han analizado a fondo este caso de insultos al islam y han ceñido la libertad de expresión al oficio de político. Pero me sorprende que no hayan contemplado la discriminación por motivo de raza. Porque raza y etnicidad van muy unidas en la comunidad musulmana", considera. Al despedirse, apunta la aparente falta de respuesta de la comunidad musulmana holandesa a los insultos religiosos. "Se explica porque no son un grupo homogéneo y les falta una voz propia".

Halim Madkouri, responsable del programa de Religión e Identidad de Forum, un instituto dedicado al desarrollo multicultural, comparte su opinión. "La gente no reacciona y noto cierta apatía. También hay preocupación y miedo. De momento, prima la confianza de que estamos en democracia y hace falta encajar la presencia de partidos antimusulmanes", apunta. En su análisis sobre la libertad de expresión, Madkouri recuerda que la separación entre la Iglesia y el Estado no es tan radical en Holanda como en Francia. "Los holandeses la implantaron para defender a las minorías religiosas. Antes, los católicos podían hacer muy pocas cosas en esta tierra. Hoy la libertad religiosa parece reducirse. Es aceptable para cristianos y judíos, pero no para los musulmanes".

Si bien los jueces han sido imparciales, Madkouri está seguro "de que hace unos años Wilders habría sido condenado por algunas de sus críticas; en cuanto la economía remonte, no será tan popular", añade.

La misma percepción tiene Atef Hamdy, experto egipcio en el islam radical en Europa y colaborador del Instituto Clingendael de Relaciones Internacionales, de La Haya. "Hace dos décadas, este país ya tenía algunos problemas sociales relativos a la inmigración. Ahora se ha islamizado la percepción de los inmigrantes y se llega al estereotipo. Pero no se puede generalizar. Ya hay segundas y hasta terceras generaciones nacidas aquí. De modo que no es posible reducir los conflictos sociales a la religión o la etnia. La sociedad tiene también su propia responsabilidad", afirma.

Según él, cuando el populismo actual denigra el islam, "explota por igual la ignorancia de los autóctonos y las comunidades vulnerables de inmigrantes". Tanto Hamdy como Madkouri ven "muy delgada" la línea que separa los insultos dirigidos a la religión y a sus creyentes. "Debería primar el concepto de ciudadanía sobre el de identidad, para que todos conozcan sus responsabilidades", sugiere Hamdy.

En su obra El aprendiz de brujo, el politólogo de Ámsterdam Meindert Fennema retrata a Wilders como "un republicano con un aguijón para picar al islam". Su colega Chris Bickerton habla de "guerras culturales que arrasan Europa". Y escribe: "Si el antiislamismo y el rechazo a la inmigración son el complemento del fatalismo actual ante la economía, el Gobierno holandés encaja en la tecnocracia populista. Mark Rutte, primer ministro liberal de derecha, es el tecnócrata por excelencia. Geert Wilders es el populista contemporáneo".

El populismo holandés se declara intolerante con la intolerancia, pero como recuerda el pensador Ian Buruma, "tolerancia no es lo mismo que cosmopolitismo. En una sociedad cosmopolita, alguien con una cultura distinta puede mezclarse en pie de igualdad. En Holanda, es difícil que un inmigrante sea aceptado así. La identidad cultural, que es visceral y no está regulada, no se comparte fácilmente".
"En Egipto, formo parte de la minoría cristiana copta. En Holanda, me encuadran en la minoría árabe", ironiza Atef Hamdy. Su reflexión subraya los errores de percepción y las contradicciones de la presencia del islam en la secular Holanda.



• Musulmanes con miles de rostros

A escala europea, el islam es la segunda religión mayoritaria después del cristianismo. No todos son inmigrantes. En los Balcanes y países como Rusia hay grandes concentraciones de minorías autóctonas musulmanas. Según el Instituto Forum, especializado en asuntos multiculturales, Alemania sumaba en 2009 el mayor número de ciudadanos (unos cuatro millones) de credo musulmán. Francia tenía 3,5 millones y Reino Unido, 1,6 millones. En Europa había alrededor de 38 millones.

"Darles un rostro único es un error de percepción. También en el islam hay diversidad de credos, entre chiitas, sunitas y otras escuelas", dice Atef Hamdy, del Instituto de Relaciones Internacionales Clingendael. "El islam en Europa es dinámico, no monolítico", añade Halim Madkouri, experto en religión e identidad. El Forum calcula que en el año 2040, el 25 % de la población holandesa serán minorías étnicas. De éstas, un 15% provendrá de países no occidentales. Hoy los 907.000 musulmanes asentados en Holanda (el 5% de los 16,6 millones de habitantes actuales) son originarios de diversos países. A Turquía y Marruecos, de donde llegaron en 1960 y 1970 los primeros trabajadores, se han unido inmigrantes de Irak, Afganistán, Irán, Somalia, Egipto, Pakistán o Bosnia. De los 9.000 templos repartidos por el país, 450 son mezquitas.

En su fallo sobre los insultos al islam, la justicia holandesa consideró que no se había discriminado a sus creyentes. Las leyes nacionales rechazan el lenguaje abusivo y la difamación, aunque son más permisivas con las obscenidades. Tras la muerte del cineasta Theo van Gogh a manos de un joven musulmán radical (nacido en Holanda, con buenos estudios secundarios y cobrando el seguro de paro), la discusión sobre los límites de la libertad de expresión se disparó en 2004. Van Gogh era muy crítico con el islam y sufrió un asesinato ritual. Se habló aquellos días de prohibir las escuelas islámicas; de impedir la entrada de imanes extranjeros y hasta de abrir una sola puerta en las mezquitas, para que hombres y mujeres pasen juntos. "Es verdad que el islam supone un dilema para la sociedad holandesa, pero no se ha restringido su práctica", según Madkouri.

Ante el hecho de que la identidad religiosa es cada vez más fuerte entre los jóvenes musulmanes, los servicios de seguridad del Estado calculan que entre 20.000 y 30.000 se mueven en círculos radicales. De éstos, unos 2.500 podrían llegar al extremismo.




Fuente: ElPais.com
Autor: Isabel Ferrer
Fotografía: Montaje Ojo Adventista





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viernes, 4 de marzo de 2011

La Corte Suprema de EEUU protege a los que protestan en los funerales de los militares

La máxima corte vota 8 a 1 a favor del grupo del reverendo Fred Phelps, considera que los males del mundo se deben a la tolerancia hacia los homosexuales
La Corte Suprema de Estados Unidos ha dictaminado que la Primera Enmienda de la Constitución americana protege a la Iglesia Bautista de Westboro a la hora de llevar a cabo protestas contra los homosexuales en los funerales de los militares muertos en las guerras de Irak y Afganistán. La máxima corte ha votado 8 a 1 a favor del grupo del reverendo Fred Phelps, que considera que los males del mundo, en general, y de Estados Unidos, en particular, se deben a la tolerancia que este país tiene hacia los homosexuales o el aborto, entre otros.

"Cuando el país está entregado a la sodomía y los sodomitas, es necesario este tipo de actuaciones", dijo Phelps cuando supo que Albert Snyder denunció a su Iglesia después de que los fanáticos seguidores del reverendo colocaran piquetes el día del entierro de su hijo, muerto en Irak en 2006. Phelps y su familia -esa es básicamente su congregación, son pocos pero hacen mucho ruido- se congregaron el día en que se daba sepultura al cadáver de Matthew Snyder portando pancartas en las que se leía "Gracias a Dios por los soldados muertos"; "Vais a ir todos al infierno"; "Dios odia a EEUU, Gracias por el 11-S". Un juego de palabras que combina el lema de los 'marines' -Semper Fi- con el insulto 'faggot' (maricón).

Snyder demandó a la Iglesia de Topeka (Kansas) por haberle causado "angustia emocional y mental" y ganó, por lo que Phelps fue condenado a pagar 11 millones de dólares que más tarde fueron reducidos a cinco (recomendamos leer el articulo de Ojo Adventista, "Bautistas, homosexuales y libertad de expresión"). El caso llegó hasta una corte de apelaciones federal en Virginia que revirtió el veredicto argumentando que la Constitución de Estados Unidos protegía a los miembros de la congregación. El siguiente paso fue el Supremo, que hoy establece que la Primera Enmienda garantiza la libertad de expresión de la Iglesia de Westboro.

El presidente del Supremo, el juez John Roberts, ha sido quien ha escrito la disertación sobre el dictamen. "La palabra es poderosa. Puede mover a la gente a tomar acciones, a derramar lágrimas de alegría o pena o -como ha sucedido en este caso- infligir gran daño. Pero no podemos reaccionar a ese daño castigando al portavoz", escribe Roberts. "Como nación hemos elegido un camino diferente, aquel en el que se defiende incluso el discurso hiriente", expone el juez. Samuel Alito ha sido el único magistrado disidente con la opinión mayoritaria del Tribunal. "Nuestro profundo compromiso como nación a un debate libre y abierto no es una licencia para el asalto verbal despiadado como ha ocurrido en este caso".

Cuarenta y ocho Estados de la Unión, 42 senadores y grupos de militares veteranos han apoyado al padre del soldado muerto en Irak en su batalla contra el fanatismo del reverendo y pidieron al Supremo que protegiera los funerales de los caídos del "terrorismo psicológico" de la familia Phelps.




Fuente: adaptado de el ElPais.com / El Tribunal Supremo de EEUU protege a los que protestan en los funerales de los militares


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viernes, 3 de diciembre de 2010

Hacktivismo. Por Miguel Á. Bastenier

El hacktivismo o actividad de los hackers para informar al público de todo aquello que los Gobiernos no quieren que se sepa, se está convirtiendo en el movimiento contracultural del siglo XXI. No es tanto que vuelvan los años sesenta, como que una forma de sentir las relaciones del ciudadano con la cosa pública de raíz profundamente anglosajona, ha encontrado en las nuevas tecnologías su forma de expresión. En el fenómeno creado por la oleada de revelaciones del movimiento Wikileaks, que dirige el escurridizo australiano Julian Assange -primero sobre las guerras de Afganistán e Irak, y esta semana sobre la diplomacia planetaria de EE UU- hay que distinguir dos realidades: el material informativo en sí mismo, y la propiedad política y moral de esa exposición.

Es perfectamente comprensible que el departamento de Estado norteamericano haya puesto el grito en el cielo y que su titular, Hillary Clinton, dijera que así no hay forma de conducir una política exterior. La contradicción reside en que los intereses de su Gobierno -de cualquier Gobierno- no coinciden con los de la opinión universal, que siempre tiene derecho a saber, igual que los medios -entre ellos este periódico- lo tienen de proceder a la publicación haciendo el expurgo de lo que pudiera afectar a la seguridad de Estados o personas. Las revelaciones se dividen a su vez en lo que es una grosera e indecente interferencia -que a nadie debe sorprender- en los asuntos de otro país, como han sido en España las presiones sobre jueces, empresarios y políticos, y la frecuente caracterización peyorativa de los personajes con los que esa diplomacia ha de tratar, lo que aún menos debería llamar la atención. El jefe de Gobierno ruso Putin y su presidente Medvédev, vistos como Batman y Robin, y el primero como el macho alfa de su tribu son hasta pequeñas trouvailles para la historia del sarcasmo universal. Y en medio de todo ello, que el presidente español, José Luis Rodríguez Zapatero, le parezca a un funcionario norteamericano, la mayor parte de cuya vida ha transcurrido dentro de los límites del más puro neoliberalismo, "un izquierdista trasnochado", además de inevitable resulta hasta medio elogioso. Lo que no se sabía, se adivinaba, aunque hoy suene deplorable al conocerlo verbatim.

Pero ¿cuál es la plataforma de pensamiento sobre la que opera Wikileaks? Assange dio a conocer ya en los años noventa su credo de sumo sacerdote del hacktivismo: libre acceso a la información, que pertenece enteramente al dominio público; desconfianza profunda de toda autoridad constituida, y defensa de una descentralización extrema en la conducción de los asuntos políticos. Es decir, anglosajonismo en estado puro. Cuando la policía británica aparece sin armas vestida de azul, no es porque se confíe en la humanidad intrínseca de la delincuencia local, sino porque se recelaría del comportamiento de esa autoridad dotada de tan agresivos medios de coacción. De igual forma, recorre transversalmente la política norteamericana una corriente ácrata, de origen protestante puritano, lejanamente basada en el libre examen de la Biblia, furibundamente reivindicadora de los derechos individuales, que se expresa con frecuencia al nivel de poder más próximo al ciudadano como es la administración local. A diferencia del anarquismo español o italiano de los años veinte y treinta del siglo pasado, que llegaba a ser violentamente revolucionario, este sentimiento se ancla muy cómodamente en la derecha. Una de las personalidades más visibles del movimiento del Tea Party, Ron Paul, es un anarquista conservador, aislacionista en política internacional y partidario de la cuasi desaparición del Estado. Por ello, Assange, cualquiera que sea su religión o ideología -si las tiene-, no es un hacktivista de derecha o de izquierda, sino un ciudadano en rebelión contra las instituciones.

Esa cualidad de guerrillero o francotirador informático no excluye, sin embargo, que el fundador de Wikileaks haya tomado considerables precauciones por si alguna de las agencias norteamericanas ofendidas por lo que se ha publicado -y lo que falta aún por publicar- decide tomarse la justicia por su mano. Y para ello ha dejado debidamente codificado un paquete de nuevas revelaciones de 1,4 gigabites, equivalente a varias veces el volumen de los 250.000 documentos del Departamento de Estado, que está preparado para su detonación si llegara el momento. Tenemos Wikileaks, con o sin Julian Assange, para rato.




Fuente: ElPais.com
Autor: Miguel Á. Bastenier, licenciado en Historia y Derecho de la Universidad de Barcelona y en Lengua y Literatura inglesa de la Universidad de Cambridge. Graduado en periodismo de la Escuela Oficial de Madrid y experto en temas de política internacional. Actualmente es el subdirector de Relaciones Internacionales del diario El País de España, donde trabaja desde 1982, así como es profesor de la maestría de Reporterismo y Géneros Periodísticos en la Escuela de Periodismo del diario español, fundada en 1988. E investigador y Maestro Consejero de la Fundación Nuevo Periodismo Iberoamericano. Ha publicado numerosos artículos en la prensa europea (Libération, Le Monde, The European, Le Point, Le Soir, The Irish Times) y en la mayoría de los periódicos más importantes de América Latina: El Espectador y Semana (Colombia), Folha de Sao Paulo (Brasil), Público (México), Búsqueda (Uruguay) entre otros. En 2001 publicó El Blanco Móvil (Editorial Aguilar-El País 2001), en 1999 publicó La Guerra de Siempre (Editorial Península), en 2002 Israel-Palestina: La Casa de la Guerra, y en 2010 ‘Cómo escribir un periódico’. También ha dirigido varios libros colectivos, entre ellos Grandes Protagonistas del siglo XX (2000).
Fotografia: TIME magazine cover, Dec 13, 2010





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